Es mi cuarto, mi noche, mi cigarro.

Hora de Dios creciente.

Obscuro hueco aquí bajo mis manos.

Invento mi cuerpo, tiempo,

y ruinas de mi voz en mi garganta.

Apagado silencio.

 

Porque caí, como una piedra en el agua,

o una hoja en el agua,

o un suspiro en el agua.

Caí como un ojo en una lágrima.

 

 Y me sentí varón para toda humedad,

suave en cualquier ternura, 

/TUS LABIOS ME ENSEÑARON A SENTIR LO QUE ES TERNURA/

 lento en todo callar.

Fui el primero Hhasta el últimoH

en ser amor y olvido,

ni amor ni olvido.

 

Lo primero que supe de Sabines, fue su nombre. Los mayores, las maestras; todo mundo lo nombraba. No se si lo llegué a leer muy joven ¿qué es la edad? Un racimo de uvas. Tabaco. Boleros y tangos sincopados, quizás dos gardenias. 

 

 Los que tenemos frío de verdad, los que estamos solos por todas partes, los sin nadie. Los que no pueden dejar de destruirse, ésos no importan, no valen nada, nada, que de una vez se vayan, que se mueran pronto. A ver si es cierto: muérete. ¡Muérete Jaime, muérete! ¡Ah, mula vida, testaruda, sorda! Poetas, mentirosos, ustedes no se mueren nunca. Con su pequeña muerte andan por todas partes y la lucen, la lloran, le ponen flores, se la enseñan a los pobres, a los humildes, a los que tienen esperanza. Ustedes no conocen la muerte todavía: cuando la conozcan ya no hablarán de ella.

 

Es lo único

No juegue con mis penas

Me enloquece

 

Estamos haciendo un libro,
testimonio de lo que no decimos.
Reunimos nuestro tiempo, nuestros dolores,
nuestros ojos, las manos que tuvimos,
los corazones que ensayamos;
nos traemos al libro,
y quedamos, no obstante,
más grandes y más miserables que el libro.
El lamento no es el dolor.
El canto no es el pájaro.
El libro no soy yo, ni es mi hijo,
ni es la sombra de mi hijo.
El libro es sólo el tiempo,
un tiempo mío entre todos mis tiempos,
un grano en la mazorca,
un pedazo de hidra.

A la casa del día entran gentes y cosas, yerbas de mal olor, caballos desvelados, aires con música, maniquíes igual a muchachas; entramos tú, Tarumba, y yo. Entra la danza. Entra el sol. Un agente de seguros de vida y un poeta. Un policía. Todos vamos a vendernos, Tarumba.

Quiero aclarar que no me paga un sueldo el partido comunista,
ni recibo dólares de la embajada norteamericana
(¡Qué bien la están haciendo los gringos
en Vietnam y en Santo Domingo!)
No acostumbro meterme con la poesía política
ni trato de arreglar el mundo.
Más bien soy un burgués acomodado a todo,
a la vida, a la muerte y a la desesperanza.
 
SI SOBREVIVES, si persistes, canta, sueña, emborráchate. Es el tiempo del frío: ama, apresúrate. El viento de las horas barre las calles, los caminos. Los árboles esperan: tú no esperes, éste es el tiempo de vivir, el único.
 
Todo esto es un cuento, lo sabemos. He querido hacer un poema con tu
muerte y he aquí que tengo la cabeza rota, las manos vacías. No hay poesía
en la muerte. En la muerte no hay nada.
Tú me das el poema cuando te sientas a mi lado, cuando hablamos ¡En
sueños! ¿No serán los sueños sólo la parte subterránea de este río que
amanece cargado de esencias? ¿No serán el momento de conocer para
siempre el corazón oculto de la tierra?
¿Quién canta? El que lloró hace rato. ¿Quién va a vivir ahora? Los que
estábamos muertos.
El paralítico se levanta todos los días, a andar, mientras el ciego atesora
la luz para siempre.
Por eso el hambriento tiene el pan, y al amoroso no lo sacia la vida.
TLATELOLCO 68
I
Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal.
(Ciertamente ya llegó a la historia
este hombre pequeño por todas partes,
incapaz de todo menos del rencor.)
Tlatelolco será mencionado en los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo:
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y la Justicia Social.
A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,
y el pueblo se aprestaba jubiloso
a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.