Canto II.

 

Pedro Cienfuegos terminó de escribir la carta testamento y sirvió a sus amigos un trago. La botella polvosa decía: Añejo del Aposento. El trasvestido dijo que lo conocía. Sus labios rojos eran hermosos y brillantes. Sonrió y las mejillas morenas se le llenaron de rubor. Largas pestañas postizas enmarcaban el fulgor de su mirada, se dirigió a Pedro. – Ese tequila lo preparaba mi abuelo. Es una mierda, pero no mata ni envenena.- -Entonces es bueno.- Aseguró el borracho. –¿Qué clase de criterio es ese?- Cuestionó el hombre más lento del mundo. El borracho lo ignoró olfateando el turbio líquido amarillento, le dio un sorbo. –Está bueno. Me recuerda el siete lenguas que sacó Jorge Negrete en el cumpleaños de mi compadre Alberto. Ese sí fue un fiestón loco. – Interrumpe trasvesti. -¿Conociste a Jorge Negrete, el cantante?-  -Sí era cantante pero no era el de Silao. Este que yo conocí creo que era de Puerto Vallarta. La noche que se celebró su cumpleaños mi compadre, la flota se lanzó de distintas partes: que de Tijuana, que de Nueva Galicia, que de Comitán de las flores… No sé de donde salió el norteño, ni a qué hora empezó la balacera. Se quebraron como a doce morros. En ese entonces había mucho pleito por la tenencia de tierras. A cada rato se echaban familias enteras y se apropiaban de sus ranchos. Nosotros nos salvamos porque fuimos a comprar cerveza; de regreso hubo un accidente en la curva de la muerte y el tráfico se detuvo. El carro accidentado quedó panza arriba. No salía humo, serían como las dos de la tarde. Veinte metros abajo fue a parar, con los pasajeros bien agitados. Algunos locales aprovecharon para tomar fotografías, teléfonos y billeteras. Después de que la agencia de seguros recopiló todo tipo de datos innecesarios, la ambulancia arribó y los heridos fueron trasladados a una clínica cercana. El conductor del accidente conocía a mi compadre, y lo acompañamos a declarar a la estación de policía. – -Pero ¿qué pasó con la fiesta?- Interrumpió el Hombre más lento del mundo. -¡La fiesta se acabó! ¿No escuchaste?- Replicó el Trasvesti. –No. La fiesta no se terminó. Después de la balacera llegó la policía, a allí llegamos nosotros con los cartones de cahuamas. Resultó que los plomazos fueron en la casa de enfrente. Allí vivía doña Cleopatra, después de eso se quedó clausurada un ratote. Pero mientras tanto, en la fiesta todos se activaron cuando nos vieron llegar sanos y armados. Serían como las cuatro y traíamos treinta cartones. Hasta el jefe de la policía se quedó un rato con el dueño de la finca, carcajeándose no se sabe de qué. A las cinco llegó una patrulla quemando llanta al frenar, se baja el copiloto y rápido le entrega un telegrama al jefe. El jefe se le quedó viendo bien gacho a Negrete, Jorge se le quedó viendo confundido, luego se puso colorado y me volteó a ver.- -Compadre, pélate. Nos van a agarrar.- Yo me le quedé viendo al compadre, luego vi que el jefe le dijo a los oficiales no se qué cosa y los oficiales gritaron: Negrete, Infante. Alto ahí. Alto. Alto o disparamos. Agáchense. No, ustedes no, le digo a la gente. A un lado. Que le digo a la gente. Persíganlos; nooo, ustedes a un lado… Así se escuchaba detrás de nosotros, y yo corrí primero para la playa, pensando que es de noche y ellos no conocen el camino de los manglares, luego recordé que yo tampoco, así que me regresé tras los pasos de Jorge, ya estaban por disparar pero tienen mala puntería, le grité a Rosita que la amaba (Rossie, i love you) y me perdí en la espesura desmesurada de la contaminada madrugada de mangle. Esa fue la última vez que regresé a ese puerto maldito.- -¿Qué clase de historia es esa, Tadeo? ¿Qué pasó después? ¿Por qué los perseguían?- Interrogó el capitán. –Bueno, pues nada. Me regresé a la ciudad de México. No se por qué nos perseguían. Yo sólo corrí. Me da miedo la policía. –¿Y no hicieron nada ilegal antes de llegar a la fiesta?- -Bueno, pues robamos la tienda de vinos.- -Ah, bueno.- -Y la gasolinera.- -Caray…- -Le disparamos al dependiente en una pierna. Y metimos en la cajuela de un Cadillac dos rehenes. Pero las dejamos vivas. Pero también estaba lo del cargamento de hierva que iba para San Diego. En esos tiempos ya no se sabía en quién confiar. Ahora menos, mi capi.- -Venga con ironías ahora no, tú sabes que si no confío en ustedes no es por su falta de honestidad. Es mi ética profesional. No puedo revelarles nada de la obra, hasta que sea publicada.- -Pero entonces estaremos muertos.- Chilló el hombre más lento del mundo. –Lo sé, ¡hombre! ¿No es maravilloso? Somos los últimos seres humanos vivos en el planeta, ustedes mis personajes, yo el último escritor. Juntos crearemos el primer libro del planeta. ¡Seremos inmortales!- -Ya déjenlo, chicos. Está loco el cabo.- Añadió trasvesti. –¿Loco? Relativamente. ¿Cabo? Quizás. Pero es seguro que tú tampoco te encuentras muy cuerda, princesa. Y todo eso quedará registrado en el libro.- -Jajajaja ahora esperas que yo crea que lo que escribes es un libro.- -¡Es un libro!- -¿Es un libro? Entonces ¿qué dice?- -No puedo revelártelo. Tendría que matarte.- -¿Ahora me amenazas?- -No, no es eso. Si lo lees, te saco de la historia.- -¡Me amenazas! ¿Lo escucharon, chicos? El teniente acaba de amenazar con borrarme de la historia si me atrevo a leer su cosa esa antes de ser publicado.- -Ufff, eso es mucho tiempo.- -¿A qué te refieres, Hombre? La historia puede terminar en cualquier momento.- -Con todo respeto, Pedro: Escribes muy lento.- -Eres de lento entendimiento, Hombre, no te culpo. Pero también registraré eso. – Cienfuegoz, cínico, saca su libreta y lápiz, para comenzar a escribir en voz alta: Travesti está loca, cada vez más pesimista. Y PA-RA-NO-I-CA. Hombre, más, lento, del, mundo, cada, vez, entiende, menos. Borracho…- Y Tadeo Infante lo volteó a ver con mala cara. -… de Tadeo Infante escribiremos después. ¿Suficiente? ¿Les complace saber de qué va la historia? Actúen, mis amigos. Si quieren escribir una historia feliz, rían. Si buscan dejar su rastro, pónganse de pie. Podemos ir a un sitio más confortable…- -¡Yo! ¡Yo conozco uno!- El hombre más lento del mundo se puso de pie.